ICONOCLASIA ECUMÉNICA

EL ICONOCLASTA

CaixaForum Barcelona 2016

Visita guiada performativa a la exposición "Gestos Iconoclastas. Imágenes heterodoxas”,

comisariada por Carlos Martín.

Iconoclasia ecuménica

ICONOCLASIA ECUMÉNICA. Carlos Martín

 

¿Es posible ser iconoclasta y ecuménico a la vez, como se puede ser esotérico y exotérico, excéntrico y concéntrico? Hay una cierta vivencia de la religión y del arte contemporáneo que es de carácter antropófago: todo misterio (el gesto inveterado del artista, la palabra autoritaria de origen divino) es venerado y consumido en cuanto tal, se diría en una digestión arrastrada por la costumbre (que, lo dijo Samuel Beckett, es una gran sordina). El gesto iconoclasta se vuelve, en el contexto actual de una guerra de imágenes que cobra tintes sangrientos, un golpe ciego, arrebatado y dionisíaco; y, al tiempo, en una nueva paradoja, se convierte en una acción cargada de la hondura más densa, pues destapa lentamente aquella sordina, el sedimento de todo lo heredado. En estos polos se movió la visita performativa que Valeriano López ofreció al público de la exposición Gestos iconoclastas, imágenes heterodoxas (CaixaForum Barcelona, 2016), una suerte de oficio de tinieblas iluminado por el deseo, la culpa, la represión, la ira y la compasión, en cuyo curso cupieron la violencia contra las imágenes y la expiación por tal pecado; el temblor silencioso del espectador, más patente ante la palmaria realidad que ante lo divino intangible; el pensamiento con la ironía hacia el consumo de nuevos iconos (¿se puede ser iconoclasta sin ser emoticonoclasta? –se preguntaba Valeriano rompiendo filas tras la genuflexión que señalaba el arranque de su visita–). Con esto, las conexiones entre obra plástica, palabra oral y gesto performativo cobraban los tintes de una inmensa alegoría catártica, de un teatro del mundo, en el que el otro mundo se desvelaba, pero dentro de este.

El humor era su aparente instrumento, pero este no era sino una forma de acortar la distancia hasta la reflexión. En comunión, se saludaban en un mismo cuerpo un purpurado y un rabino mientras martilleaban los despojos de Marcel Duchamp, una chilaba de entretiempo quedaba ensangrentada por decenas de "Je suis Charlie” escritos en rotulador rojo sobre el vientre del oficiante, un tótem mariano cobraba vocación de bandera nacional, mientras Pasolini se daba la mano con una virgen velada… mientras que los ahogados en las orillas del Egeo prestaban su cuerpo a la tumba de Lorca para atemperar el brillo de los luminosos verbeneros en LED que se diría alumbran y señalan la memoria del poeta. Sí, la violencia contra las imágenes puede anunciar la violencia verdadera, carnal, pero la búsqueda de un fetiche es capaz de desencadenar una guerra.

 

La ambigüedad de Valeriano López es su forma de señalar de qué modo todo gesto iconoclasta participa de la mecánica de fascinación que producen en todos nosotros las imágenes de la tradición, propia o ajena. Por eso, ser iconoclasta es, en alguna medida, la forma más eficaz de practicar un ecumenismo iconófago, el que acoge el dogma del Libro, los medios del arte, los rituales y mitos más dispares y los descabalga para poder amarlos sobre la tierra. Valeriano López levanta las faldas de una talla procesional para descubrir la desnudez prosaica de su armazón, a continuación la cubre pudorosamente; barre el polvo bajo una alfombra de oración, pero no la sacude al viento. Todos le acompañaron entonces entre la complicidad y el desconcierto. Sin embargo, cuando el artista clavaba una alcayata en el muro ocupado por artistas ajenos, todo el mundo calló.