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EL DEDO SEÑALADO

Largometraje 2026

SINOPSIS

A partir de archivos personales, filmaciones documentales y performances, El dedo señalado traza un retrato coral de los hombres de la Cuba contemporánea que revela la crisis de la masculinidad forjada por el proyecto revolucionario del Hombre nuevo. Este ideal viril, heredero de las gestas mambisas y consagrado por la épica socialista, impuso exclusiones y castigos a toda masculinidad que no encajara en su molde.

Con la caída del bloque soviético y la llegada del Periodo especial, el concepto de lucha se desprende de su aura heroica y se transforma en estrategias de supervivencia íntimas y clandestinas.
 Cuerpos masculinos que antaño fueron emblemas de la fuerza patriótica, monumentos, hoy se rompen y se reinventan.

(…) El dedo señalado se antoja una suerte de intenso y provocador diario en el que Valeriano López vierte un torrente de ideas, angustias y dudas agolpadas en su ingente percepción de una Cuba a la que visita, explora y regresa desde hace más de tres décadas; como un destino ineluctable, infinito. Cuba parece una inevitabilidad para Valeriano, una predestinación, una deuda impagada.

Los epígrafes, capítulos y estancias de esta película-bitácora, película-mapa, película-collage, pensada, escrita y realizada con apresurada calma, proponen el abordaje a diversas aristas de unas masculinidades que, desde las primeras incursiones de López a la isla, se le revelaron divergentes de los estereotipos de género, de las éticas heteronormativas, la intransigencia patriarcal. Incluso de la virilidad que ha buscado fomentar —y asentarse sobre— la imagen inexpugnable del tradicional “macho, varón, masculino” isleño.

Esta suerte de trinidad —axioma inexcusable, dogma ingente— se alza como la cúspide doctrinaria de la que sería verdadera gran religión cubana no confesa: el falocentrismo, el culto al macho, la adoración de lo masculino, la idolatría del varón. Una liturgia impuesta desde el poder, un sofisticado dispositivo de control social, sibilino y subresticio, disimulado tras la sombra de la Historia y la Cultura.

En vez de pilar ideológico de la revolución “macha” —al decir del compositor e intérprete Ignacio Villa, Bola de Nieve— de Fidel Castro y Che Guevara, la secta de la masculinidad hegemónica deviene médula alrededor de la cual se ha generado y robustecido toda la urdimbre de este proceso. (…)

Antonio Enrique González Rojas

El dedo señalado o la masculinidad en peso

El dedo señalado se antoja una suerte de intenso y provocador diario en el que Valeriano López vierte un torrente de ideas, angustias y dudas agolpadas en su ingente percepción de una Cuba a la que visita, explora y regresa desde hace más de tres décadas; como un destino ineluctable, infinito. Cuba parece una inevitabilidad para Valeriano, una predestinación, una deuda impagada.

Los epígrafes, capítulos y estancias de esta película-bitácora, película-mapa, película-collage, pensada, escrita y realizada con apresurada calma, proponen el abordaje a diversas aristas de unas masculinidades que, desde las primeras incursiones de López a la isla, se le revelaron divergentes de los estereotipos de género, de las éticas heteronormativas, la intransigencia patriarcal. Incluso de la virilidad que ha buscado fomentar —y asentarse sobre— la imagen inexpugnable del tradicional “macho, varón, masculino” isleño.

Esta suerte de trinidad —axioma inexcusable, dogma ingente— se alza como la cúspide doctrinaria de la que sería verdadera gran religión cubana no confesa: el falocentrismo, el culto al macho, la adoración de lo masculino, la idolatría del varón. Una liturgia impuesta desde el poder, un sofisticado dispositivo de control social, sibilino y subresticio, disimulado tras la sombra de la Historia y la Cultura.

En vez de pilar ideológico de la revolución “macha” —al decir del compositor e intérprete Ignacio Villa, Bola de Nieve— de Fidel Castro y Che Guevara, la secta de la masculinidad hegemónica deviene médula alrededor de la cual se ha generado y robustecido toda la urdimbre de este proceso.

Plano a plano, secuencia tras secuencia de El dedo señalado, el “hombre de la casa” se transforma en un hombre a la caza: de otros hombres, de otros mundos. Deviene un ser dual, múltiple, un poliedro infinito de deseos, dobleces, hipocresías, secretos, tabúes, dudas, abyecciones, delirios, inseguridades. Las desenfadadas y agudas pesquisas que emprende Valeriano por las calles habaneras y los campos de San Antonio de los Baños, van develando facetas culposas y desesperadas. Frágiles. Inconsistentes. Justo el reverso de lo aparentado por los paradigmas sociales heteropatriarcales.

Valeriano desuella al macho cubano y lo despoja de sus densas capas hasta dejar traslucir las ambigüedades y contradicciones de sus mandatos hegemónicos, los cuales arrojan a las diversas formas del ser a una perenne contradicción: la de habitar en el resquicio asfixiante abierto entre el paroxismo del macho-varón-masculino y la imposibilidad fáctica de semejante quimera. Los mitos masculinos van revelándose como una metrópolis (o necrópolis) de castillos de naipes y zigurats de azúcar cristalizada, incluyendo el de la virilidad colectiva instrumentada como política de Estado desde 1959. Machos por el comunismo, seremos, ¿seremos?, ¿qué seremos?, ¿somos, acaso?, ¿pensamos que somos machos, luego lo somos?

La película de Valeriano López no cesa de generar preguntas, cada una más incómoda que la anterior, cada una más molesta que la previa, cada una con muchas menos posibilidades de ser respondida que la precedente. El dedo señalado es una interrogante fractal. Se rizomatiza en un cuestionamiento eterno. Las observaciones escritas por él con imágenes documentadas, ficcionadas, alucinadas, no ofrecen conclusiones doctas ni echan luces enciclopédicas sobre unas masculinidades laberínticas, pero las ponen en evidencia. Se atreve a gritar a los cuatro vientos que el emperador está más que desnudo, y a la vez delata la multitud de silencios cómplices que alimentan la ilusión de unas lujosas y temibles vestiduras.

El tono mordaz, desparpajado y (auto) paródico elegido por el realizador-pesquisador no redunda en detrimento de la discusión. No reduce nunca el “objeto de estudio” a una caricatura. Tal riesgo está evitado. Aunque sí que subraya los muchos aspectos caricaturescos de la masculinidad hegemónica cubana, y todo contribuye a aguzar el escalpelo para que saje bien profundo las carnes de los tantos Renés —con permiso de Vigilio Piñera— que habitan y rebozan la isla, y la levantan en peso. Valeriano consigue levantar al machismo en peso. Y la caída es bien estrepitosa.

El dedo señalado es también un muestrario o cartografía de formas, dispositivos y maneras audiovisuales que tienden muy poco a repetirse en el constante volatín entre territorios genéricos que desafía cualquier taxonomía ortodoxa. Es todo un ajiaco fílmico que emula temerariamente con el ajiaco cultural que Fernando Ortiz divisó en la Cuba que le tocó vivir y redescubrir.

El hieratismo, la monocromía, el estatismo y la inamovilidad que caracteriza la hegemonía estereotípica de marras, son impugnados, más bien exorcizados, con una zarabanda de soluciones chispeantes, alegres, ingeniosas, imaginativas. Es un maremágnum expresivo y proteico que provoca pero no agota. Transmuta a ojos vistas en un discurso múltiple e ingenioso.

En el epicentro de esta obra que no brinda paz a nadie, ni se permite estar en paz, se halla Valeriano López, afincado (¿parapetado?) en su honestidad, en la legitimidad personal de sus dudas, en su derecho a expresarlas y a señalar, inquisitivo, su propio dedo. La película deviene ritual o conjuro contra todo lo conservador e inmovilista. A la vez que resulta una alegoría-celebración del movimiento perpetuo, de lo vivo, lo mutable, lo dialéctico. Es una intensa fiesta, celebrada a toda máquina justo sobre el caparazón vacío e inerte de lo pretendidamente definitivo.

Antonio Enrique González Rojas
Cubano, periodista y crítico de arte

El dedo señalado se antoja una suerte de intenso y provocador diario en el que Valeriano López vierte un torrente de ideas, angustias y dudas agolpadas en su ingente percepción de una Cuba a la que visita, explora y regresa desde hace más de tres décadas; como un destino ineluctable, infinito. Cuba parece una inevitabilidad para Valeriano, una predestinación, una deuda impagada.

Los epígrafes, capítulos y estancias de esta película-bitácora, película-mapa, película-collage, pensada, escrita y realizada con apresurada calma, proponen el abordaje a diversas aristas de unas masculinidades que, desde las primeras incursiones de López a la isla, se le revelaron divergentes de los estereotipos de género, de las éticas heteronormativas, la intransigencia patriarcal. Incluso de la virilidad que ha buscado fomentar —y asentarse sobre— la imagen inexpugnable del tradicional “macho, varón, masculino” isleño.

Esta suerte de trinidad —axioma inexcusable, dogma ingente— se alza como la cúspide doctrinaria de la que sería verdadera gran religión cubana no confesa: el falocentrismo, el culto al macho, la adoración de lo masculino, la idolatría del varón. Una liturgia impuesta desde el poder, un sofisticado dispositivo de control social, sibilino y subresticio, disimulado tras la sombra de la Historia y la Cultura.

En vez de pilar ideológico de la revolución “macha” —al decir del compositor e intérprete Ignacio Villa, Bola de Nieve— de Fidel Castro y Che Guevara, la secta de la masculinidad hegemónica deviene médula alrededor de la cual se ha generado y robustecido toda la urdimbre de este proceso.

Plano a plano, secuencia tras secuencia de El dedo señalado, el “hombre de la casa” se transforma en un hombre a la caza: de otros hombres, de otros mundos. Deviene un ser dual, múltiple, un poliedro infinito de deseos, dobleces, hipocresías, secretos, tabúes, dudas, abyecciones, delirios, inseguridades. Las desenfadadas y agudas pesquisas que emprende Valeriano por las calles habaneras y los campos de San Antonio de los Baños, van develando facetas culposas y desesperadas. Frágiles. Inconsistentes. Justo el reverso de lo aparentado por los paradigmas sociales heteropatriarcales.

Valeriano desuella al macho cubano y lo despoja de sus densas capas hasta dejar traslucir las ambigüedades y contradicciones de sus mandatos hegemónicos, los cuales arrojan a las diversas formas del ser a una perenne contradicción: la de habitar en el resquicio asfixiante abierto entre el paroxismo del macho-varón-masculino y la imposibilidad fáctica de semejante quimera. Los mitos masculinos van revelándose como una metrópolis (o necrópolis) de castillos de naipes y zigurats de azúcar cristalizada, incluyendo el de la virilidad colectiva instrumentada como política de Estado desde 1959. Machos por el comunismo, seremos, ¿seremos?, ¿qué seremos?, ¿somos, acaso?, ¿pensamos que somos machos, luego lo somos?

La película de Valeriano López no cesa de generar preguntas, cada una más incómoda que la anterior, cada una más molesta que la previa, cada una con muchas menos posibilidades de ser respondida que la precedente. El dedo señalado es una interrogante fractal. Se rizomatiza en un cuestionamiento eterno. Las observaciones escritas por él con imágenes documentadas, ficcionadas, alucinadas, no ofrecen conclusiones doctas ni echan luces enciclopédicas sobre unas masculinidades laberínticas, pero las ponen en evidencia. Se atreve a gritar a los cuatro vientos que el emperador está más que desnudo, y a la vez delata la multitud de silencios cómplices que alimentan la ilusión de unas lujosas y temibles vestiduras.

El tono mordaz, desparpajado y (auto) paródico elegido por el realizador-pesquisador no redunda en detrimento de la discusión. No reduce nunca el “objeto de estudio” a una caricatura. Tal riesgo está evitado. Aunque sí que subraya los muchos aspectos caricaturescos de la masculinidad hegemónica cubana, y todo contribuye a aguzar el escalpelo para que saje bien profundo las carnes de los tantos Renés —con permiso de Vigilio Piñera— que habitan y rebozan la isla, y la levantan en peso. Valeriano consigue levantar al machismo en peso. Y la caída es bien estrepitosa.

El dedo señalado es también un muestrario o cartografía de formas, dispositivos y maneras audiovisuales que tienden muy poco a repetirse en el constante volatín entre territorios genéricos que desafía cualquier taxonomía ortodoxa. Es todo un ajiaco fílmico que emula temerariamente con el ajiaco cultural que Fernando Ortiz divisó en la Cuba que le tocó vivir y redescubrir.

El hieratismo, la monocromía, el estatismo y la inamovilidad que caracteriza la hegemonía estereotípica de marras, son impugnados, más bien exorcizados, con una zarabanda de soluciones chispeantes, alegres, ingeniosas, imaginativas. Es un maremágnum expresivo y proteico que provoca pero no agota. Transmuta a ojos vistas en un discurso múltiple e ingenioso.

En el epicentro de esta obra que no brinda paz a nadie, ni se permite estar en paz, se halla Valeriano López, afincado (¿parapetado?) en su honestidad, en la legitimidad personal de sus dudas, en su derecho a expresarlas y a señalar, inquisitivo, su propio dedo. La película deviene ritual o conjuro contra todo lo conservador e inmovilista. A la vez que resulta una alegoría-celebración del movimiento perpetuo, de lo vivo, lo mutable, lo dialéctico. Es una intensa fiesta, celebrada a toda máquina justo sobre el caparazón vacío e inerte de lo pretendidamente definitivo.

Antonio Enrique González Rojas
Cubano, periodista y crítico de arte

FICHA TÉCNICA


Título  El dedo señalado
Año  2026
Duración  1h 31min

Guión, dirección y producción
Valeriano López

Coproducción
Chichina Granaína

Reparto
Carlos Cartaya Rojas
Yael Estévez Rausiau
Aresky González Franchialfaro
Juan Herrera
Darián León León Damián Martínez
Antonio Machado Cárdenas
Julio César Malandón Prieto
Eredis Ortega Acosta
Ruben Otero Palma
Osmany Lázaro Prieto Díaz
Alberto Rigual
Ihoslandy Lázaro Rodríguez Gonzalez
Jenny Rojas Ordas
Yurisbel Vaillant Carbonell
Joel Valdés Herrera

Dirección de fotografía
Alejandro Guirola

Edición
Iván Santos
Susel Legón

Postproducción de sonido
Julián Calvo Orquín – Maledictis producciones

Fotografía 1ª etapa
Dani Arboleda

Sonido directo
Malcom Seven
Nelson Hidalgo González
César Parra

Color
Claudia Remedios
Iván Santos

Material de archivo e imágenes fotográficas
Valeriano López

Ayudantes de producción
Jorge L. García
Juan Carlos Mariano
Nicolás Morcillo
Onel de Jesús Rigual

Música
Las Sobras
PHONÉ: Ana Sola y Koaxial
Julián Calvo Orquín – Multiman
DOC EMIR
Caro Raro y Eduard Requejo
Calio Alonso
Chezca Sana